Uno de los enfoques que más me apasiona de la medicina y de la dermatología es la capacidad de adelantarnos a los síntomas y así poder prevenir. En la piel, esta regla no es la excepción; si tenemos un seguimiento detallado con nuestro dermatólogo, podemos adelantarnos a los primeros signos de envejecimiento y prevenir signos que acompañan el deterioro y la edad.
Los tratamientos dermatológicos cosméticos no tienen edad; deben iniciarse en cuanto vemos signos que nos indiquen pérdida de volumen, aumento de líneas de expresión o alteraciones en la calidad de nuestra piel con flacidez.
El abordaje cuidadoso de cada paciente nos lleva a sugerir tratamientos óptimos para cada edad, conservando la naturalidad como principal objetivo de nuestro trabajo cosmético.
No comparto la idea de los «baby tratamientos”; es un concepto de mercadeo que pretende vender tratamientos parciales a personas que tal vez no los necesitan. La necesidad del tratamiento surge de tener evidencia de signos o del conocimiento de la genética familiar que nos lleva a predecir el tipo de envejecimiento que puede tener nuestro paciente.
Si bien el envejecimiento es un hecho particular para cada paciente, es claro que algunos cambios son comunes a los diferentes grupos de edad.
20-30: inicio de arrugas, algunas de ellas fijas; se termina el acné y tenemos complicaciones del acné. Por esto, en este grupo de edad podemos pensar en la mejoría de arrugas de expresión con toxina botulínica y el tratamiento con ácido hialurónico o bioestimuladores para cicatrices profundas de acné, asociados a láser o radiofrecuencia con microagujas.
30-40: la principal queja es la persistencia de arrugas finas alrededor de los ojos o el entrecejo por movimiento muscular. Para esto usamos la toxina botulínica, que tiene como objetivo suavizar estas líneas de forma natural, sin producir pérdida de la expresividad facial. En esta edad empezamos a notar la disminución de los paquetes de grasa faciales, lo que se traduce en ojeras, mejillas sin proyección y falta de definición de la rama mandibular y el mentón. Aquí, nuestros aliados son los ácidos hialurónicos de diferentes características para reponer el volumen perdido, devolviendo armonía. Nunca se trata de “rellenar” sino de suavizar las transiciones faciales, dando un aspecto más descansado a nuestra cara.
40-50: el principal actor de esta década es la flacidez. Lo vemos expresado en el descolgamiento facial en la zona de ojeras, mejillas y mentón. La evaluación detallada de los pacientes en esta edad nos lleva a ser conservadores con el uso de sustancias que tienen poder rellenador. Debemos cuidar que la apariencia de la piel sea luminosa, fresca, y devolver tensión a la piel. Esto lo logramos con bioestimuladores, ácido hialurónico, y lo complementamos con tecnología.
50 en adelante: los cambios son más marcados y dramáticos, y del cuidado que hayamos tenido en décadas anteriores dependerá nuestra forma de envejecimiento. Mis favoritos en esta edad: tecnología más bioestimuladores, aplicación puntual de hialurónico y toxina botulínica para iluminar y reponer volumen. En esta edad, menos es más, y la sobrecorrección de defectos se verá como caras que pierden sus proporciones normales y esencia.




